Una vida sin paz
Consideremos brevemente la vida de Jacob. En cierta manera, la vida de Jacob, había sido una vida de lucha. Mas aún, incluso la lucha se remonta hasta antes de que naciera…
La madre de Jacob, Rebeca, al no poder tener hijos, debió orar muy ferviertemente, pues concibió de gemelos. Sin embargo, la alegría no duraría mucho, pues no tuvo un embarazo fácil. Lo cierto es que sus hijos ya luchaban en su interior.
Así que ella volvió a orar:
- ¿Por qué me has traído esto Dios? ¿De qué me sirve vivir?
Tuvo una respuesta tan fascinante como desconcertante:
- Serás madre de dos naciones divididas. Y el mayor servirá al menor…
Sin duda, un asunto de lo más embarazoso…
Jacob, pues, no conoció la paz, ni en las aguas protectoras de su madre.
Y hubo contienda en su nacimiento, pues no se resignaba a salir después de su hermano Esaú, así que lo hizo trabada su mano al talón de Esaú.
Tampoco conoció la paz en su infancia y adolescencia. Marcada por ganarse las preferencias de sus padres, consiguió que su madre Rebeca le amara a él, no así su padre que eligió como favorito a Esaú. Así las cosas, él no era el candidato de la bendición paterna. Y aunque sabía por su madre que él tendría bendición, se angustió para conseguirla.
Todos conocemos que no fue un juego para Jacob comprar la primogenitura a su hermano por un plato de lentejas.
Y sobretodo, como engañó a su padre para recibir de él la bendición del primogénito suplantando a su hermano. Y es que, ni Jacob ni su madre habían tomado la promesa en su verdadero valor.
¿Estaba dando los pasos adecuados Jacob por la bendición de Dios?
Lo cierto es que antes de que pueda preguntárselo se encuentra dando los pasos precisamente para huir de la furia de su hermano. Su madre le advierte que Esaú había jurado matarle. Así lo envía muy lejos, a la tierra de la cuál ella procede y en la que quedó su familia.
Y es ahí, en medio de la huida, en Bet-el, que mediante un excéntrico sueño ve una escalera apoyada en tierra que llega hasta el cielo, y Dios, desde lo alto le promete solemnemente:
“Yo soy Jehová, el Dios de Abraham, tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente, 15pues yo estoy contigo, te guardaré dondequiera que vayas y volveré a traerte a esta tierra, porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho”
Jacob acababa de tener confirmación de la promesa por la que había estado luchando!, y no solo eso, Dios le estaba ofreciendo algo de más valor, su comunión. Pero sabéis que dice Jacob al despertar de su sueño:
«16..Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía». 17Entonces tuvo miedo y exclamó: «¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios y puerta del cielo».
Parece que Jacob no acaba de conocer profundamente a su Dios, no puede entender que se le haya dado una promesa tan magnífica y se encuentre allí desterrado, huyendo casi con lo puesto y dirigiéndose a un lugar remoto, dónde ni tan siquiera llegaba la extensión de la promesa. Es por eso que un Jacob perplejo sigue poniendo condicionales:
20..Si va Dios conmigo y me guarda en este viaje en que estoy, si me da pan para comer y vestido para vestir 21y si vuelvo en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios.
Cuando Jacob llega a su destino, Arán, ha de iniciar una nueva lucha. Partiendo de cero, pone todo su empeño y esfuerzo en labrarse un futuro acorde a la promesa recibida. Y no estará exento de dificultades, pues su tío Labán rivalizará con él en tretas y astucias y descubrirá que su tío, es el inventor de los packs, Así ha de casarse con sus dos hijas, Raquel y Lea, por el módico precio del doble de años de servidumbre. Encuentra a un digno oponente de su talla!!
La constante rivalidad entre sus esposas le obligaban a un comportamiento que más se parecía a una prostitución masculina que al de un esposo satisfecho. Los capítulos que siguen están cargados de celos por el número de hijos, en la que compiten no sólo las esposas, sino que hacen competir también a las siervas de éstas.
Difícilmente pudo haber sido la vida de Jacob una vida feliz. Trabajaba como un esclavo. Al final logra hacer un arreglo laboral con su tío por el cuál puede obtener ganancias propias. Pero debe haber sido fuente de constante ansiedad, ya que tenía que responder ante éste por todas las pérdidas de los rebaños.
Aún así, Jacob idea artimañas para que su rebaño siempre prospere en detrimento del de su tío. Amasa una gran fortuna, y aunque sabe que no es por fortuna, parece imposible que pueda gozar de paz mental. Por el contrario, a medida que pasaba el tiempo teme cada vez más por su vida.
Así que se da a la fuga aprovechando una ausencia de su tío. Pero más que una fuga ocasiona un éxodo, pues lleva consigo a sus mujeres, sus 11 hijos y 1 hija, su séquito de siervos y su extenso rebaño de animales
Ese viaje bullicioso no tenía parecido con el que Jacob había recorrido 20 años atrás justo en sentido contrario, en esa ocasión hizo ese camino en solitario cuando salió de su tierra natal también huyendo de otro familiar suyo, Esaú. ¿Le habría perdonado?
Pese a que Jacob ya tenía cierta experiencia prófuga, no creo que tuviera el perfil idóneo para ese ministerio (de joven se nos dice que era tranquilo, y que habitaba en tiendas, vaya! que no le iba la aventura!). Había iniciado ese viaje siendo perseguido por su tío Labán, pero pudo aligerar la tensión cuando le dio caza y pactó con él. Sin embargo, ahora, mientras se iba acercando a Esaú, por el cuál había vivido, recordemos, 20 años exiliado, otra carga se acrecentaba, el temor por el reencuentro con su hermano. El aire se hacía más pesado por cada paso dado, su maltrecha ansiedad le oprimía.
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