En pos de la cima
Un día fue poderosamente atraída por aquella montaña formidable.
Su majestuosidad, su belleza, su singularidad le hizo tomar la decisión de subir hasta lo más alto. Con valentía y arrojo emprendió sus primeros pasos.
Pero cuando empezó la ascensión empezaron también a surgir las dudas. Esa montaña se alzaba tan imponente que hacía patente su propia pequeñez. Y la pendiente era tan pronunciada que los avances se le antojaban escasos. Cada vez le daba la sensación de inclinar más la cabeza cuando miraba a la cima.
Se empezaba a preguntar si sería capaz de llegar…
Además tuvo algunos tropiezos que le hicieron retroceder, en algún momento titubeó pero algo le hacía tirar adelante.
Y siguió hasta que el cansancio empezó a hacer mella, y cuando más débil andaba, el frió se intensificó y apenas podía sentir ya sus extremidades. Ya escasamente se mantenía en pie cuando un temporal le zarandeaba. Duros momentos que se planteaba que estaba haciendo ahí, ¿por qué no estaba plácidamente descansando en el valle?
Y tras alguna demora, continuó adelante.
Y cuando llegó a cierta altitud, el temporal cesó y se vio en medio de la quietud contemplando una belleza indescriptible. Se percataba que ese paraje no había sido nunca manchado, advirtiendo ahora como sus sucias botas habían dejado manchas en aquella blanca nieve.
Y al pretender mirar a la cima, que todavía se elevaba majestuosa por encima, la luz del sol le cegaba, es igual que apartara la vista, pues esa luz resplandecía con fuerza sobre la nieve.
Se puso de rodillas cuestionándose si era adecuado que una persona como ella pudiera profanar aquel lugar. Tras un rato y todavía de rodillas, volvió a levantar la vista, y vio ahora que el sol se empezaba a poner sobre el lado opuesto de la montaña.
Contuvo la respiración y pudo por fin admirar aquella cima de cerca.
Es cierto, la noche se acercaba, pero ahora ansiaba alcanzar la cumbre…
Siguiente: ¿estamos hechos de pasta mística?
Loading...