About (Dave)
Cuando acudí por primera vez dispuesto a desenmascarar los verdaderos sentimientos que me había propuesto ignorar (aquellos que solo en momentos de dura introspección, aparecían), pensaba, que aunque mediante eufemismos, se me dijera que andaba mal, que mejor me retirase del camino cristiano, que no había entendido nada. Que si ésa era mi experiencia, mi aportación a la Causa solo podría restar. Que me colocase al lado de los débiles y procurara no estorbar demasiado. Y que en el alarde de compasión que también esperaba de aquel ilustrado consejero me dijera que no estaba todo perdido, pues después de todo, algo, quizás los muebles valía la pena salvarlos.
Pero se me dijo lo que no esperaba oír: “Bienaventurados los pobres en espíritu”. Rebatí con un viejo tópico, al dedillo victoriano se me antoja: la suposición de una vida victoriosa.
No sé que religión me había generado esa neurosuposición, cuando en la Biblia, especialmente en los Salmos impregnaba la idea de que el pobre en espíritu solo se verá pobre cuando sepa reconocer la gloria del Rey y no la suya propia. Así que acepté el redescubrimiento y convine en enfrentar una a una las carencias en mi vida cristiana y me examiné como jamás lo había hecho.
Aprendí que de mi temperamento, del cual alardeaba para mi mismo, ponía de manifiesto mi desequilibrio. Descubrí que mi perfeccionismo no era un aliado, y que mi autoexigencia presumía de altos ideales cuando no era más que un busca-excusas de tres al cuarto. Por supuesto, ya sabía que los sentimientos eran engañosos, pero mi desproporcionada propensión a taparlos parecía casi farisaica. Por otra parte, no querer parecer hipócrita me había llevado a veces a querer parecer tenazmente cretino.
Pero más cretino fui cuando me coloqué un listón para competir por la bendición de Dios. Así competí conmigo mismo en mayúscula estupidez. Y me costó entender que todo mi subjetivo juicio de valor partía desde el lugar donde establecía ese listón absurdo. Podía ponerlo en los confines de los cielos, a ras de suelo, o hacer una media de mi contexto para comprobar que nada de eso servía para nada.
Había estado luchando por la bendición de Dios, pero no por el Dios de la bendición, así que tuvo a bien enfrentarse conmigo cuando me quedé solo en la noche.
Fui derrotado y alzado setenta veces siete hasta rayar el alba, pero me volvió a derrotar y mientras mi mano estaba tendida implorando otra vez Su ayuda, gemí: “No me voy a conformar con que me dejes erguido. Con la tenacidad de Jacob no voy a dejar que Te marches si no me enseñas a combatir.”

Loading...