Amordazando la conciencia
- ¿Por qué razón tenía que insistir en esa imagen tan patética?
- ¿Qué es lo que me llevaba a cebarme contra mí hasta la saciedad?.
El olvido era la supervivencia a la conciencia. Yo lo había desarrollado hasta casi la perfección. Pero estaba ahí, cuando la creía dormitada, emergía y con un susurro delataba mi ambivalencia y mediocridad. Era insaciable, disponía de argumentos para que acabara arrastrándome. Mi huída era tan indigna que hasta un gusano me hubiera silbado.
No me quedaban fuerzas para protegerme, las bofetadas eran merecidas, la resignación rayaba el mínimo. Y las preguntas ya no resonaban con la insistencia de la búsqueda de respuesta. El corazón se endurecía. Los pensamientos se tornaban predecibles… Cualquier causa, cualquier motivación que veniera con ilusión para ayudarme, era tratado con la misma frialdad que la luna dispensa a la noche.
No había solución para mí. Éste era el pensamiento no declarado que me hacía sucumbir y vivir en un mundo irreal. Ajeno a las desgracias, ejecutaba las tareas sin planteamientos de una panorámica más ambiciosa. Como consecuencia, Dios estaba ausente en mi vida. No lo había echado, pero le había dejado fuera de todo protagonismo. Aún yo mismo me había arrinconado temeroso del Tres Veces Santo.
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