Una historia antigua para empezar
Empezaré por un antiguo e intrascendental suceso que en su momento me sentó fatal: Data de cuando todavía operábamos en pesetas….
Fui a comprar una tarjeta de metro en la taquilla. Pagué con un billete de 5.000 pts y el hombre me devolvió cambio como si le hubiera dado de uno de 10.000 . En esos instantes dudé, no las tomé para largarme deprisa, sino dudé del billete que le había entregado.
El hombre ofrecía una pinta que no me inspiraba confianza, aunque a decir verdad, pocos taquilleros te tratan como clientes. Sin embargo, dudé de él lo suficiente como para pensar que si le sugería que mi billete era de 5 y era en verdad de 10, era capaz de timarme. Dudé y permanecí un instante con los billetes en el mostrador, pero en mi parte, mientras guardaba las monedas.
En ese momento (supongo que él al guardar el billete) se percató de la situación y me sugirió que pusiera otra vez los billetes en su parte porque no alcanzaba a cogerlos. Evidentemente, yo lo hice pues ahora sabía seguro que le había dado uno de 5. Pero el exclamó algo parecido a: “Mientras te iba poniendo los billetes no me has dicho nada” (yo sabía que me había dado cambio de 10), estaba totalmente descolocado y lo único que se me ocurrió comentarle fue una parte de mi duda “¿el billete que le he dado, que era de 5?”, desde luego fue muy desacertado, pero no le podía decir que también había dudado de su honestidad. Hasta ahí bien, pero lo que me sentó fatal es que dijera: “Ya sabías tú que era de 5, si no me doy cuenta yo…”.
No quise oírle más y me marché. Estaba claro que nada que le dijera le convencería y hasta mi pregunta de si era de 5 parecía incluso delatadora. Sin embargo, me sentí culpable de no haber podido demostrar mi honestidad, cuando para ser sincero dudaba de mi honestidad hasta yo mismo. Mi suposición de lo que hubiera pasado es la siguiente: tras la duda en la que estaba, seguramente los hubiera guardado para no ir con ellos en la mano. Me hubiera dirigido hacia la máquina canceladora, y me hubiera detenido para pensar: ¿cuánto dinero tenía?, ¿cuánto y cuándo había sacado la última vez del cajero y qué había gastado desde entonces?. Cuando me paro y pienso, en una situación más tranquila, tengo mucha más confianza en mi mismo. Hubiera retrocedido, con decisión, y le hubiera dicho cortésmente que creía que me había dado cambio de más. Esto es sinceramente lo que creo que hubiera sucedido, en algunas situaciones parecidas ya lo había hecho aunque con menos cambio de por medio. Sin embargo mientras me alejaba, la situación pesaba sobre mi, pues alguna vez he buscado excusa a mi “honradez”.
En una ocasión una máquina de café me “regaló” 500 pts, una máquina que me había estafado varias veces en dosis de 50 pts, pero que en verdad no había reclamado. Me tomé la justicia por mi mano y me las quedé tan a gusto. Sin embargo, se dan situaciones en las que te puedes sentir estafado por las tarifas, el monopolio, etc.
Creo que existe un peligro real del relativismo, porque el relativismo siempre favorece a uno cuando te convierte en juez y en víctima a la vez. Sin embargo, si tuviera un criterio más absoluto, mi integridad dejaría de estar más del lado del papel de víctima y me concentraría más imparcialmente en el cometido que se me otorga como juez para mi propio beneficio moral y espiritual y, también hay que decirlo, mi probable pérdida de ganancia material.
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